viernes, 25 de noviembre de 2011

HEROÍNA DE ÉBANO DE LA GUERRA DEL PACÍFICO‏

Iqueña busco la muerte con el asta de la bandera peruana
 
Por: Lic. Jaime Uribe Rocha
 
Este 20 de noviembre se cumplen 128 años del sacrificio 
 heroico de Catalina Buendía de Pecho, quién se convirtió 
en una de las más grandes heroínas de la guerra con Chile, 
su hazaña es digna de la mujer peruana.
Una mujer negra, joven, bella, una excepcional estatua 
de ébano del pueblo iqueño San José de los Molinos. 
Que jamás se limitó  a su condición de
digna esposa y de madre ejemplar, tampoco hizo lo que 
suelen hacer las damas frívolas de todos los tiempos: 
no incurrió en la fatuidad de
consagrarse exclusivamente al cultivo de su belleza y 
arreglo personal.
¡VIVA LA MUJER PERUANA, VALIENTE Y AGUERRIDA! ¡¡QUE VIVA ICA!  
 
Como siempre,  la Historia Oficial acepta con desgano o regañadientes a
Catalina Buendía de Pecho como una  gran heroína de la Guerra con Chile,
condenándola a ser, como otros personajes populares, un ente aislado,
borroso y desprendido del conjunto histórico de la patria. ¿Por qué hasta
la fecha no se le rinde los honores que se merece? ¿Por ser una mujer
negra, su sacrificio no tiene el mismo valor de nuestros héroes de la
Guerra con Chile? ¿Historia falsa que excluye a sectores populares de
diversas clases sociales y grupos étnicos?
Su actividad principal se desarrolló en la  agricultura, produciendo
algodón, los ricos pallares y las deliciosas uvas. Pero, hizo algo más.
Cuando los chilenos invadieron nuestro país durante la Guerra del Pacífico,
de 1879 a1883, lideró la insurrección en defensa de la patria, arengó  de
valor a los  patriotas iqueños, y con su propio recursos y armas
improvisadas, se atrincheró con sus huestes en el cerro de Los Molinos –
aproximadamente a 12 kilómetros hacia el norte de la ciudad de Ica - y
ofreció una valerosa y épica resistencia a los invasores chilenos, jamás
igualada, en la historia de la patria.
 
Para las hordas invasoras el camino obligado hacia la sierra era a través
de San José de los Molinos-no había otra alternativa-, un pacífico pueblo
del valle iqueño, al borde del rio  del mismo nombre, peldaño de  una alta
montaña que denota cercanía a la cadena andina. Nuestros enemigos no tenían
otra disyuntiva, ni  contaban con la  astucia y resistencia  organizada de
la valerosa  Catalina Buendía. Conocía el terreno como la palma de su mano,
por eso rengaba de valor a los  pocos hombres, ancianos, mujeres y niños
que quedaban en el pueblo, que  henchidos de un fervoroso sentido de
patria, lograron constituir  un maltrecho ejército débilmente apertrechado,
donde la única fuerza que existía era una indeclinable fe en el triunfo. Y
posesionados del único baluarte disponible: el cerro “Los Molinos” – desde
donde se podía dominarse la policromía de toda la campiña  iqueña-,
aguardaban con energía y valor  la aparición de la fuerte gendarmería
enemiga, que ya anunciaba a las puertas del pueblo el correo secreto de los
campesinos iqueños.
 
Todos  sus paisanos trabajaban infatigablemente  día y noche a las órdenes
de Catalina Buendía de Pecho, sin duda ni murmuraciones,  la respetaban por
ser una mujer de contextura  alta, musculosa, aceitunada e imponente. Una
recia morena,  más hecha para las acciones varoniles y rudas que para las
femeninas y domesticas. Descalza, sudorosa, con  el pecho casi descubierto
corría de un lugar a otro inyectando valor e instruyendo manejo de armas,
comprobando, ayudando a esa gran tarea de defensa bélica, que tenía
absorbido a su pueblo. Los hombres construían fortines, abrían zanjas,
improvisaban catapultas y se distribuían puestos de combate. Las mujeres
cargaban palos, herramientas, arena para la ruma de costales de la línea
principal de resistencia, y los niños llevaban en las limetas de vientre
ancho y cuello corto la refrescante  “chicha de jora” que calmaría la
abrazadora sed del mediodía.
 
En efecto, todo era un loquerío de ansiedad y angustia en el pecho de los
molinenses. Parapetados, dispuestos a escribir una nueva y gloriosa
historia de sangre, como se había escrito en el Morro de Arica, defendiendo
la patria herida, mutilada e invadida. Es así, el 20 de noviembre de 1883
antes que el sol coronase el cenit, las tremendas nubes de una inigualable
polvareda  nunca antes vista y el toque de guerra de una corneta
precedieron la irrupción del ejercito rojiazul de los sureños. Su
caballería venía a la vanguardia haciendo cabriolear sus briosos caballos,
mientras la infantería y la artillería ligera seguían su camino en ordenada
marcha. Solo la presencia de tan bien equipado destacamento – y esto lo
sabían los propios chilenos -  servía para atemorizar cualquier intento de
rechazo u oposición del  pueblo  –  menos a este pequeño contrafuerte, que
servía de vigía  y cuidaba el acceso al pueblo -,  los invasores se
ufanaban de su impresionismo militar, del poderío arrollador. Por ende,
siempre arrollaban y forzaban a  los campesinos del lugar  a  la entrega de
la Plaza de Armas o a ser acribillados.
 
Cuál no sería la sorpresa para el enemigo cuando, al penetrar a Los
Molinos, los recibió  una impresionante  lluvia de piedras provenientes del
cerro, una descarga brusca de la escopetería y el tumultuoso empuje de una
masa afiebrada, descontroló por completo a la caballería que se desbocó
furiosa  tumbando a sus jinetes, pisoteándolos varias veces e impidiendo
que los infantes y artilleros pudiesen emplazarse convenientemente. Sobre
este caos se abalanzó los combatientes  iqueños en un ataque suicida,
rematando a machete, cuchillo, palo y un cuerpo a cuerpo a los invasores.
Se produjo innumerables bajas que los obligó a retroceder,  para volver
con más fuerza al ataque. Cuando esto acontecía, Catalina Buendía  que como
leona luchaba contra el enemigo, tomó la bandera peruana y trepando hasta
la cima del promontorio y ante el jubilo del pueblo grito: 
¡NO PASARAN!
¡VIVA EL PERU!
 
Después de este valeroso episodio de patriotismo demostrado por la
resistencia, la historia reseña de una vil traición que estos sufrieron por
parte de un avaro poblador del lugar de ascendencia china de nombre Chang
Joo, quien se vendió ante los chilenos alcanzándoles subrepticiamente, y
protegido por la oscuridad de la noche información sobre la exacta
ubicación de los patriotas iqueños,  la forma de llegar hacia ellos por la
retaguardia y por sorpresa. Hecho que se consumó, causando una sangrienta y
dolorosa derrota para los nuestros a pesar del valor demostrado,  al verse
ya perdidos apareció nítidamente la figura de Catalina Buendía tratando de
evitar una mayor hecatombe, salió adelante, portando una bandera blanca que
resaltaba en la mancha nocturna, gritó:
 ¡PAZ!¡QUEREMOS PAZ HONROSA! 
¡NO MÁS SANGRE!
 
Entre la polvareda y las balas, se vio descender del altozano a una robusta
figura enfaldada portando la bandera neutral, que poco a poco fue
identificándose mejor. Era de una mujer, la de Catalina Buendía, llegaba
con el traje rasgado, los senos descubiertos y zangoloteantes, el rostro
surcado de heridas y sudor. Ante la expectación de ambos bandos, que habían
detenido ya el combate, llegó hasta el pie del monte y dirigiéndose al que
supuso ser el jefe de la tropa enemiga, habló en tono claro y sentencioso:
“Señor, mi pueblo ha comprendido que seguir resistiendo a vuestras armas es
sacrificio inútil. Y aunque no teme a dicho sacrificio quiere pedirle una
paz honrosa en que les asegure respeto a sus gentes. Así guardaremos con
honor nuestras vidas y vosotros evitareis algunas perdidas. No olvides
señor, que no hay enemigo chico”.
 
De inmediato el jefe de las tropas chilenas, contesto  “Sabia es mujer la
decisión de tu pueblo, y aunque vuestra situación de vencidos no da derecho
a condiciones, te probaré cuan nobles somos como vencedores. Di a tu pueblo
que baje del Cerrillo en paz, que sus derechos les serán respetados”. A una
señal de Catalina Buendía, confiados comenzaron a bajar de la cumbre todo
ese castigado conjunto de valientes hombres, con las armas en alto y los
cuerpos heridos, fueron congregándose a unos metros de la espalda de su
emisario y frente al estado mayor del destacamento enemigo, depositaron sus
armas en el suelo en prueba de sumisión. Cuando el último de ellos había
dejado caer la suya, la voz del jefe chileno resonó dirigiéndose a sus
hombre: “Chilenos, la fuerza es el derecho de los pueblos: la muerte, a lo
que los pueblos débiles tienen derecho. Enseñad a esta gente como debieron
conquistar el suyo”.
 
Apagada apenas su palabra, una ráfaga de metralleta barrio con los
exhaustos cuerpos de los combatientes, que inermes ya, nada pudieron hacer
por repeler el fuego. Concluido el  ataque a mansalva, el comandante
chileno volvió a dirigirse a la enviada diciéndole:” Solo los emisarios de
paz, tienen derecho a que se  les respete la vida. Di si volvéis a tu cerro
o te rendís incondicionalmente”. Catalina Buendía, disimulando el dolor que
le había  producido la asquerosa felonía, bajó los ojos aparentando
acatamiento y resignadamente, contestó: “Señor,  tu poder es grande y
cierto, error de vuestro pueblo fue osar desafiarte. Reconocemos tu
superioridad, tu valor y el valor de tu gente. Ello nos obliga a rendirte
tributo y quiero que me permitas ofrecerte el mío”. El chileno contesto:
"Habla, pero no olvides que una traición te costará la vida”.
 
Catalina Buendía:”Señor, ya te dije que tu poder me ha conmovido hondo, lo
único que quiero es ofrecerte la “chicha de la victoria”, que preparé para
mis hombres pensando en el triunfo. Pero el triunfo es vuestro, es de
vuestra grandeza. Beba pues señor, nuestro humilde tributo, que bien te
corresponde”. Y cogiendo entre sus manos una gorda limeta con la sagrada
“chicha de jora”, Catalina avanzó hasta el adalid chileno y postrándose
casi se la ofreció reverente. Este con astucia y la desconfianza que los
rendidos elogios de la mujer no había podido del todo borrar, pero
comprometido al mismo tiempo con ellos y con los ojos de sus hombres que le
acechaban, dijo, temiendo que la bebida estuviese envenenada:”Te agradezco
el presente hermosa mujer, pero ya que me lo ofrecéis deseo compartirlo
contigo. Tu  bebe primer la “Chicha de jora”, para acompañarte luego de tu
generoso brindis”.
 
Imperturbable  y serena Catalina Buendía, cogió la “chicha de jora” - en
verdad envenenada con las semillas de la fruta piñón, para diezmar al
enemigo – y diciendo:”Con voz señor, por vuestra gloria”, la apuró
tranquilamente y secando el pico del objeto con sus manos la extendió al
soldado. Convencido este de que la chicha, a juzgar por la prueba, era
buena, bebió también el fresco liquido y pasó el recipiente a otro de sus
hombres. Y cuando ya habían bebido muchos, uno de ellos señalando a su jefe
alarmó: ¡El mayor se desploma!  ¿Qué pasa? ¡Maldición! clamo otro ¡La
chicha está envenenada! Y mientras otros acudían a auxiliar a su jefe, ya
otros se doblegaban preso de convulsiones, sonó una bala potente, certera,
siniestra y Catalina Buendía que había resistido hasta ese instante de pie
la cicuta mortal, rodo ensangrentada en el pedregoso suelo del lugar.
Todavía, envenenada y baleada, de los labios morenos y empolvados podía
escucharse entre  cuajarones de sangre una frase hecha credo que decía 
¡NO PASARAN! ¡NO PASARAN!
 
*Su  hazaña es incomparable,  digna de la mujer negra, Catalina Buendía de
Pecho no claudicó de sus rebeldías ni depuso  las armas ante el vencedor.
Hizo algo más grandioso y más heroico: con el asta de nuestra propia
bandera se atravesó  el corazón y murió profiriendo palabras exaltadoras
para nuestra patria y el pueblo iqueño 
¡VIVA EL PERÚ!

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